Es muy curioso cómo los jugadores —y sobre todo los que llevamos muchos años en esto de los videojuegos, los retrojugones—, a pesar de disfrutar los lanzamientos recientes en plataformas modernas, siempre estamos buscando —o añorando— esos tiempos pasados en los que sentimos que el gaming era mejor.
Y es justo ahí donde la nostalgia nos golpea fuerte. Idealizamos el pasado, nos hacemos ilusiones un poco vanas y convencemos a nuestra mente de que “antes todo era mejor”. Entonces empezamos a gastar sumas de dinero nada despreciables en nuestros recuerdos más valiosos: nuestra primera consola, ese cartucho que marcó la infancia, ese juego que nos voló la cabeza.
El problema llega cuando conectamos todo eso a un televisor moderno y nos damos cuenta de una verdad incómoda: se ve horrendo. Pantallas gigantes, resolución 4K, píxeles estirados, colores raros… y de pronto la magia parece romperse.
Es ahí cuando comienza la obsesión. Escaladores, cables, adaptadores, resoluciones, filtros… todo con tal de hacer que lo viejo se vea “bien” en el mundo actual. Y créeme, lo sé de primera mano. En este artículo te voy a contar cómo me ha ido a mí con esa obsesión.
Este texto es para mis gamers, para los retrogamers millennials… para los que todavía discuten sobre cables componentes, S-Video y RGB… y para los que saben que los televisores CRT no eran un defecto, sino parte de la experiencia.
Y sí, también es para la gente con buen gusto, por supuesto.

